2 de octubre, 2026
Quisiera inaugurar estas líneas desde un horizonte más luminoso y esperanzador. Quisiera afirmar que el ascenso del fascismo contemporáneo no cuenta con los alarmantes niveles de legitimidad y arraigo que ha cosechado en la esfera global a lo largo de las últimas décadas. Sin embargo, la crudeza de la realidad es otra. La densidad del tiempo histórico que habitamos nos exige un ejercicio riguroso de conciencia: discernir dónde ponemos nuestra atención, nuestras energías y nuestras lealtades.
Desde mi condición como mujer maya K’iche’, nacida en Guatemala y viviendo en México, sigo con profunda atención y el corazón en vilo el proceso electoral en Brasil. No asistimos a un simple certamen en las urnas ni al relevo formal de un jefe de Estado: nos enfrentamos a la coyuntura política más determinante para el porvenir de nuestro continente, donde se dirimen la posibilidad misma de existir y la dignidad de los territorios.
Las fronteras trazadas por los Estados-nación, con su lógica colonial de fragmentación, pretendieron parcelar lo que en esencia siempre ha sido una sola matriz viva: este inmenso cuerpo territorial que hoy nombramos y reivindicamos como Abya Yala. En esta contienda no se vota únicamente un programa gubernamental; se apuesta la permanencia de la selva más vasta del planeta, el caudal limpio del río Tapajós, la custodia comunitaria de los bosques y la demarcación impostergable de las tierras ancestrales indígenas. Resulta inadmisible permanecer neutrales o indiferentes cuando lo que está en vilo es el corazón biológico de la Tierra.
Las presiones de las oligarquías y de los poderes imperiales operan con ferocidad descarnada sobre el tablero brasileño. Ante ese despliegue, la pregunta urgente resuena en cada rincón del continente: ¿tendrán los pueblos la fuerza para sobreponerse a este asedio? Nos han inoculado el engaño de la desconexión, haciéndonos creer que los incendios o las derrotas en Brasil son ajenos a lo que se vive en México o en Guatemala. Es una falacia. La capitulación de Brasil ante las garras del fascismo extractivista representaría una sentencia de muerte y despojo para toda la biodiversidad continental.
Por ello, es imprescindible abandonar la trampa del análisis binario y desarmar la polarización superficial que reduce los conflictos a dogmas partidistas. Hace falta mirar desde la raíz más honda, desde una cosmovisión arraigada en la interdependencia y la defensa de la vida. La disyuntiva histórica no es un mero choque de siglas: es el enfrentamiento civilizatorio entre la vida y la muerte, entre la soberanía comunitaria y la voracidad del individualismo neoliberal. En un sistema que nos constriñe a escoger entre falsos dilemas, celebro y respaldo la rebelión que germina desde los territorios, así como la valentía de una bancada indígena que ha colocado la preservación de la vida en el epicentro de la agenda política brasileña.
El peso histórico sobre los hombros de Lula trasciende las fronteras de Brasil; encarna el pulso de todo un continente. Hoy, articulaciones y resistencias desde el sur hasta México sostienen un bastión de pensamiento crítico y defensa territorial frente a sistemáticas maquinarias de asedio mediático, lawfare y persecución política. Los ojos del mundo permanecen fijos en este desenlace: unos desde el temblor del miedo y la incertidumbre; otros, desde la urgencia de preservar la vida; y aquellos, en fin, que codician consolidar un modelo ecocida y genocida. Frente a ese abismo, la respuesta de los pueblos sigue siendo la misma: resistir en comunidad para que la vida prevalezca.
No es un mero choque ideológico, es la vida contra la muerte, la colectividad comunitaria contra la voracidad del individualismo extractivista.
