8 de octubre, 2026
Hay vidas que no empiezan el día en que deben empacar la urgencia en una maleta, sino mucho antes, en las madrugadas en vela, en el olor a tinta fresca de un expediente y en la música que sirve de trinchera cuando la intemperie arrecia.
Esta es una pequeña parte de la historia de Paola Escobar, ex fiscal del Ministerio Público, MP, en Guatemala que desde el año 2004 inició su carrera en la institución encargada de las investigaciones en el país.
Nuestro editor Carlos Ernesto Cano la entrevistó y a continuación les presentamos el resultado de esta conversación en el marco de nuestro especial: Lo que dejamos, más allá del exilio.

Foto actual de Paola en el exilio - Carlos Ernesto Cano
Para Paola, el exilio no es un punto de partida, sino un paréntesis geográfico. Su historia parte desde los quince años, cuando aprendió que el porvenir se construía trabajando; desde aquellas aulas de la Universidad de San Carlos de Guatemala, USAC, donde fue una de las primeras mujeres de su linaje en desafiar las estadísticas con un título de abogada bajo el brazo.
Detrás de la ex fiscal rigurosa, de la criminóloga minuciosa, late una memoria poblada de paseos semanales al mercado San Martín de la mano de sus abuelas, risas compartidas como un bálsamo y una lista de canciones que oscila entre Magneto, Camilo Sesto y el pulso obstinado del Rock.
— Se suele pensar que el exilio borra lo anterior, como si la biografía comenzara el día de la partida. Pero antes de las salas de audiencias, hubo una joven cargando libros en buses urbanos. ¿De dónde viene esa vocación construida a contracorriente?
— Comencé a trabajar muy temprano, a los quince años de vacacionista, y me gradué de bachillerato en ciencias y letras con orientación en computación en 2002 antes de entrar a la Facultad de la USAC. En mi familia, junto con otra prima, fuimos de las primeras mujeres en llegar a la universidad. No fue un camino en línea recta: combinaba los horarios imposibles de la facultad con mi labor de procuradora, sacando copias de escrituras, redactando avisos y haciendo diligencias para otros abogados. Ahí aprendí que la justicia, antes de ser un principio abstracto, es un oficio de resistencia cotidiana, de pedir permisos para exámenes y no rendirse cuando los bolsillos pesan menos que los sueños.
— En 2004 entra al Ministerio Público como pasante en la fiscalía de delitos contra la vida. Turnos de 24 horas y madrugadas donde la violencia de un país entero se concentra en una mesa. ¿Cómo se aprende a mirar el abismo sin perder la ternura?
— Recuerdo un turno en el que sumamos veintiséis muertos en un solo día: hechos violentos, accidentes, enfermedades comunes, etc; en aquellos años no existía siquiera una diferenciación de género en los registros. Era el aprendizaje rudo del terreno: tomar notas sobre los testigos, escuchar a los peritos, entender el dolor ajeno mientras por la noche regresaba a las aulas a estudiar la teoría de lo que ya había visto desangrarse por el día.
En medio de casos desgarradores —como el de aquel niño de once años que nunca se me olvidó—, el humor respetuoso con el equipo y la fe fueron válvulas de escape. En los despachos convivían la música cristiana y el rock, una mezcla casi milagrosa que nos devolvía el aire. Y los fines de semana, mi refugio eran mis abuelas y caminar con ellas por los pasillos del mercado San Martín en la zona 6 de la capital guatemalteca. Esos eran mis anclajes al mundo real, todos los días las llamadas a las abuelas eran puntuales a las dos de la tarde.

Abuelas de Paola. Foto cortesía de Paola Escobar
— Luego vino el rigor científico de la criminología, la Fiscalía Especial contra la Impunidad, FECI y el paso de los delitos comunes a las tramas de la gran corrupción. ¿Qué cambió al investigar el poder?
—Cambió el método. La corrupción no siempre deja un casquillo en el asfalto, pero deja rastros financieros, huellas dactilares, documentos y peritajes forenses. Mi primer caso de gran calado fue la investigación sobre una finca en Izabal vinculada a Otto Pérez Molina. Entre 2015 y 2017 se abrió una grieta histórica: lo que durante décadas fue un secreto a voces en Guatemala comenzó a demostrarse ante los tribunales con evidencia científica irrefutable. Llegamos a coordinar investigaciones donde los equipos de campo éramos enteramente mujeres, enfrentando estructuras que se creían intocables.
— Sin embargo, la primavera institucional del 2015 duró poco. Vino el repliegue, la hostilidad interna y finalmente, la prisión política y el traslado.
-Cuando las estructuras que investigamos tomaron el control del Ministerio Público, el aire se volvió irrespirable. Nos quitaron el apoyo técnico; cada paso debía ser consultado y justificado para frenar los avances. Enfrenté presiones durísimas, como en los casos vinculados a la cooptación de las cortes. Luego vino el traslado, que yo misma pedí, para tomar un respiro al departamento de Santa Rosa en 2021 y meses después, la detención.
Pasé cerca de 24 días en Mariscal Zavala y 110 días en la cárcel de Santa Teresa. En prisión se comprende con crudeza la vulnerabilidad. Me di cuenta de que, con un sistema de justicia cooptado, no existían garantías de defensa ni de vida. Tuve que tomar la decisión más dolorosa: renunciar al ejercicio penal, despedirme de los tribunales tras ver los rostros de mis propios denunciantes litigando en los mismos espacios en donde yo lo hacía y elegir la vida fuera de mi tierra.
— El exilio suele describirse como un vacío, pero también como un territorio de reencuentros. ¿Cómo se reconstruye la cotidianidad en el extranjero, entre el recuerdo de Valencia y las nuevas complicidades?
— Participar en documentales (el cortometraje documental "Entre la nostalgia y la esperanza: Una mirada a la justicia de Guatemala en el exilio") y espacios de memoria me permitió entender que el desarraigo no es una tragedia individual, sino una herida compartida. En el país en donde vivo actualmente —y en estancias como la de Valencia— he conocido personas de orígenes muy distintos que me han ayudado a sanar. No me siento completamente asentada; el exilio es una casa prestada donde uno acomoda las pertenencias despacio. Desarrollé una mirada distinta, incluso a través de la fotografía: busco la belleza donde antes solo buscaba evidencias.
— Si mañana se abrieran las puertas de par en par, ¿qué espera Paola del futuro? ¿existe aún el deseo de volver?
— Si las condiciones cambiaran, el retorno representaría una ventana de esperanza para el país, pero mi respuesta personal es serena: no añoro regresar a vivir a Guatemala a comer fiambre, que es uno de los sabores que más añoro. He visto la fractura ética de la profesión y lo profundo del deterioro. Lo que añoro, con toda la fuerza del corazón, no es una coordenada en el mapa; son mis afectos. Añoro el abrazo de mi familia y de las mascotas a quienes llevo años sin poder tocar, el olor de nuestra comida en una mesa compartida y el calor de quienes han sostenido mi nombre desde la distancia. La vida continúa, florece en otras geografías, pero el amor por los míos permanece intacto.

Fiambre elaborado por la familia de Paola Escobar en ciudad de Guatemala

Mascota de Paola Escobar en Guatemala antes de salir al exilio