Carlos Ernesto Cano

El fin del mundo nunca apuntó realmente a la humanidad - Del Y2K a la IA

20 de septiembre de 2026

 

El 31 de diciembre de 1999, el mundo contuvo la respiración. La gente acumulaba agua potable, los bancos reforzaban su personal, las plantas nucleares se preparaban, los programadores informáticos pasaban la noche en vela —porque el "efecto 2000" lo devoraría todo. Cuando sonaron las campanadas de medianoche, los fuegos artificiales estallaron y no ocurrió nada. Los aviones despegaron con normalidad, los números en las cuentas bancarias permanecieron intactos, el mundo siguió girando.

Veinticinco años después, el mismo guión se repite. Esta vez, el protagonista del presagio apocalíptico es la inteligencia artificial. El investigador de Anthropic Evan Hubinger declaró en septiembre de 2026 que la IA tiene "más de un 10% de probabilidad" de exterminar a toda la humanidad en una década. Un colega que renunció, Jacob Coxon, acusó a OpenAI y Anthropic de "correr a toda velocidad hacia una superinteligencia autorrecurrente, apostando nuestras vidas".

La receta del pánico es idéntica: una amenaza tecnológica demasiado compleja para que el público la entienda, un grupo de "expertos" con poder mediático lanzando advertencias apocalípticas, y medios amplificando las declaraciones más extremas. Y lo que realmente está amenazado nunca ha sido el concepto abstracto de "humanidad".

 

Lo que está amenazado es una forma de vida específica

Jared Diamond analizó en Colapso aquellas "desapariciones repentinas de sociedades aparentemente poderosas y saludables" —la Isla de Pascua, los nórdicos de Islandia, los mayas de las tierras bajas del período Clásico. Su conclusión no es un determinismo ambiental simplista, sino una pista más inquietante: cuando una sociedad se acostumbra a un determinado patrón de consumo, pierde la capacidad de imaginar alternativas.

El estilo de vida occidental de hoy es precisamente ese patrón. Está construido sobre energía barata, crecimiento infinito, cadenas de suministro globales y la sobreexplotación de los recursos del planeta. Diamond señala con agudeza en el mundo hasta ayer que ni siquiera el cuerpo humano tuvo tiempo de adaptarse a esta vida —nuestros riñones funcionaron perfectamente durante seis millones de años, pero sucumben ante el aumento de sal de los últimos siglos, con hipertensión y diabetes como precio de la civilización moderna.

En otras palabras, esa civilización que la IA "amenaza" es en sí misma insostenible. La IA no es más que un espejo que refleja esta contradicción.

 

Y al otro lado del espejo, otras civilizaciones ya vivieron su "fin del mundo", y sobrevivieron

La civilización maya atravesó el "colapso" del período Clásico en el siglo IX —las ciudades de las tierras bajas fueron abandonadas, las dinastías cayeron, se dejaron de esculpir estelas. La narrativa tradicional lo llama "desaparición". Pero la arqueología y la etnografía nos cuentan algo completamente distinto: los mayas no desaparecieron, migraron, se reorganizaron, se adaptaron. 

Hoy, en las tierras altas de Guatemala, millones de mayas siguen hablando idiomas de la familia mayense, siguen cultivando maíz, siguen practicando rituales y cosmovisiones transmitidas durante milenios. El "fin del mundo" de los colonizadores españoles no los terminó, la guerra civil y el genocido no los terminó, la globalización tampoco.

Al analizar el colapso maya, Diamond lo atribuye a los efectos compuestos de la deforestación excesiva, el agotamiento del suelo y el cambio climático. Pero vale la pena notar que lo que colapsó fueron estructuras políticas específicas y formas específicas de densidad urbana, no la "civilización maya" en sí. Las comunidades mayas de las tierras altas y montañosas continuaron la mayor parte del núcleo cultural de la civilización de las tierras bajas, solo que en formas más dispersas, menos jerárquicas y más resilientes.

 

Esa es la verdadera cara del "apocalipsis": no el fin de la humanidad, sino el fin de una estructura de poder específica

El pánico del milenio fue absurdo porque equiparó "la continuidad de los sistemas informáticos" con "la continuidad de la civilización". El pánico actual ante la IA es igualmente absurdo porque equipara "la continuidad del estilo de vida consumista occidental" con "la continuidad de la humanidad". Cuando los investigadores de Anthropic advierten que la IA podría "exterminar a la humanidad", lo que realmente temen es que la IA les haga perder el monopolio del poder económico y político.

Esto queda al descubierto en el contexto del pánico. Las acusaciones de Coxon apuntan a la "competencia" entre OpenAI y Anthropic, a la ansiedad por "quién alcanzará primero la superinteligencia". No es preocupación por el destino de toda la humanidad, es ansiedad por el panorama competitivo. No temen a la IA en sí, temen que "otro la construya primero".

 

Las comunidades mayas de las tierras altas de Guatemala no pierden el sueño por esta ansiedad

Ellos vivieron un colapso real —el desmoronamiento del orden político, la degradación de los ecosistemas y la violencia colonial. Su respuesta no fue acumular comida en latas ni construir búnkeres, sino desarrollar una estrategia de supervivencia descentralizada: mantener la autonomía local, sostener redes informales de transmisión cultural, no apostar todo a ningún poder central ni sistema tecnológico.

Diamond observó que las sociedades de las tierras altas de Nueva Guinea poseen "miles de formas de organización social que funcionan como experimentos". Esa diversidad es en sí misma una forma de resiliencia. Cuando un modelo falla, otros siguen existiendo. La sociedad occidental moderna, en cambio, en su ilusión del "fin de la historia", convirtió su modelo en el único posible.

Así que cuando alguien te diga que la IA exterminará a la humanidad en una década, puedes preguntar con cortesía: ¿la humanidad de quién? ¿La humanidad de los ejecutivos de Silicon Valley? ¿La de los inversores de Wall Street? ¿O la de los campesinos guatemaltecos?

Los mayas no necesitan que la IA los salve. Lo que necesitan es respeto por su forma de existir, y el reconocimiento de un hecho que la modernidad ha olvidado: lo que atraviesa los colapsos nunca es la estructura más poderosa, sino la adaptación más flexible.

Cuando sonaron las campanas del milenio, nadie entró en pánico en las tierras altas de Guatemala. Su mundo no estaba construido sobre bases de datos de dos dígitos. Veinticinco años después, cuando el pánico por la IA lo inunda todo, tampoco entrarán en pánico. Su mundo no está construido sobre la competencia por la "superinteligencia". Son la civilización que aportó el cero a la humanidad, ese cero que fue parte fundamental del sistema binario para desarrollar la IA.

El “reloj del fin del mundo” nunca apuntó realmente a la humanidad. Solo apuntó a un tipo específico de poder de la civilización occidental. Y el poder, siempre perece.